domingo, 12 de febrero de 2017

GRAVEDAD

Una extraña fuerza universal tiene cautivados a los niños, desde Ankara hasta Brookline, pasando por Madrid, Guayaquil u Osaka: el reto de la botella. Si, como ocurre hoy con frecuencia, padece usted de ansiedad al comprobar cómo su vástago consume sus horas dándole a la tecla del móvil, la lap-top o la consola, tiene usted una solución fácil y casera a mano. Llene parcialmente con líquido (agua por ejemplo) una botella de plástico, cierrela bien y propongale al joven que logre que caiga de pie tras voltearse en el aire. El desafío se puede complicar hasta el infinito en función de cuál sea el lugar de aterrizaje que se fije, el número de vueltas o si cae de tapón. Fue el juego estrella en la fiesta del cole de Matías de hace un par de semanas. 
Caer, resistir, girar, impulsar, acciones posibles por el modo en el que se configuró nuestro universo. Esas condiciones de posibilidad de nuestra existencia - también de nuestros sueños eternos como volar- son efectos o causas que nos siguen maravillando, aún en la monótona repetición de un gesto que, por no ser nunca perfectamente idéntico, permite el resultado sorpresivo, el asombro, el afán de perseverar porque se ha estado muy cerca de lograr el pequeño milagro. El tiempo parece ya no poder durar en los ojos de un niño que una y otra vez comprueba que, a veces sí, las muchas veces no, la botella no cae de pie. 
Afirma Carlo Rovelli en sus maravillosas Siete breves lecciones de Física, que uno no alcanza meta alguna si no "pierde el tiempo". Se refería con ello al año en el que el joven Albert Einstein estuvo vagueando sin propósito ni rumbo, dedicado a pensar, quien sabe si lanzando también una botella. Y sí, tal vez fue entonces, cuando flotaba a la deriva en ese océano de tiempo inútil en el que se hallaba inmerso, cuando tuvo la revelación que le llevaría a poner patas arriba la física newtoniana: ¿y si no hay fuerza y el espacio ES la fuerza? Había parido la noción nuclear de la teoría general de la relatividad, uno de los más grandes descubrimientos de la historia de la humanidad. Faltaban, claro, las ecuaciones que dieran forma precisa a esa "curvatura del espacio" que provoca que la luz se desvíe, la Tierra rote y que los chavales pasen las horas tirando una botella al aire. Esa formalización llegó y con ella las predicciones exitosas, las confirmaciones de las hipótesis, que el ser humano llegue a la Luna, que una sonda aterrice en un cometa o una nave en Marte. 
Al arte de recomponer los huesos lo llamaron "al-Jabr" los árabes. Y desde aproximadamente el siglo IX así denominamos - "álbegra"- a la tarea de describir de manera abstracta una relación entre magnitudes. Hoy he vuelto a recordar - con un punto de amargura por el tiempo perdido y pasado- cuando me las vi por primera vez con una de esas ecuaciones - de primer grado- que había que resolver, recomponiendo la relación quebrada que diríamos en el espíritu de los matemáticos árabes. Era un luminoso verano en Moralzarzal, de piscina sin tregua, tardes de pipas y noches de confidencias. Mi padre me ayudaba con mucha pasión, y un algo de impaciencia, a entender esa extraña actividad consistente en "despejar la incógnita". 
Caen copos de nieve, o mejor dicho, se desplazan por el espacio. Me acuerdo de él, y de mi madre, y, parafraseando al personaje de Joyce en las postrimerías de The Dead, siento que mi ánimo lentamente se desvanece mientras oigo la nieve caer liviana a través del universo ("my soul swoones slowly as I heard the snow falling faintly through the universe") y escucho nitidamente los ecos de aquellas enseñanzas y de tantas otras conversaciones y cuitas, vanos, pero celebrados y añorados intentos de despejar incógnitas aún más profundas. 
La nieve se sigue acumulando, como los recuerdos que se apelmazan con mayor densidad y peso a medida que pasa el tiempo, siguiendo alguna ley universal aún por formalizar con rigor. La Tierra sigue contorsionando y la primavera espera su turno. 



domingo, 5 de febrero de 2017

GREASE

"¡Matías!, representan Grease en el BHS (Brookline High School). ¿Vamos?"
"Vale"
"Pues venga"
Dicho y hecho. Ayer tarde-noche allá que nos fuimos.
Grease... Creo que fue una de las primera pelis "de mayores" que vio Matías. 
¿Se acuerdan? Yo debía tener poco más que él ahora cuando la vi en el cine, allá por el 80. Todavía me acuerdo de lo mucho que se estilaron aquellos pantalones ceñidos, la camiseta de hombreras desvaídas que se marcó la Newton John en el número final y el baile tipo azafata-señalando-las-salidas-de- emergencia de la cuadrilla de Travolta en el garaje. En la tele proliferaban las imitaciones de la pareja y yo esperaba la salida de la revista Super Pop para hacerme con las pegatinas de los personajes.
¿Cómo harían hoy estos chic@s del BHS el musical? Las cosas han cambiado mucho desde aquellos inicios ochenteros (y no digamos ya desde la década de los 50 que el musical representa). La historia es heteropatriarcado a calzón quitado (nunca mejor dicho) y no hay numerito que no contenga un micromachismo. Les refresco la memoria: Danny Zuko (Travolta) ha tenido un amorete de verano con una australiana mojigata (Sandy Olsson, Olivia Newton-John) pero resulta que se reencuentran en el instituto Rydell. Danny es el líder de los T-Birds (bien podrían ser los T-Vultures, o "los Buitres de Moratalaz" si la cosa discurriera en el Juana de Castilla), una pandilla de pésimos estudiantes, pletóricos de testosterona y brillantina, afanados en follar y conducir (y a ser posible las dos cosas a la vez) en coches cuanto más estridentes y ruidosos mejor. Ellas, por su parte, son las Pink Ladies, preocupadas fundamentalmente de pelos, tetas y uñas, recelosas de, pero a la vez poseídas por, los despliegues zafiamente masculinos pero irresistiblemente encantadores de los T-Birds. Sandy no reconoce a este Danny Zuko, que fue un caballero en la playa pero ahora es "un tío de la calle", como diría Leo, uno de los mejores amigos de Matías. Sandy es acogida por las Pink Ladies, que la consuelan pero también instigan, sobre todo las más descarriadas, a iniciar el viaje hacia la madurez afectiva (lo puedo decir tipo T-Birds pero sé que me leen también niños). Y sí, tras varios avatares sobre los que no viene al caso pormenorizar ahora, Sandy se acaba "empoderando", como diríamos con la jerga que nos toca hoy, pero, eso sí, a base de convertirse en un putón verbenero por un día (el día de la fiesta de fin de curso cuando se produce la epifanía entre el tiro al blanco, el punching ball y los coches de choque mientras suena "You are the one that I want, u, u, u, honey").
Bueno, esta es mi lectura apresurada que seguramente no hace justicia a los muchos otros mecanismos de propagación del patriarcado presentes en el film. Me sorprendería, así, por un poner, que no haya alguna antropóloga cultural o filósofa queer que lea en la escena del "tuneamiento" del coche en el garaje toda una metáfora de la preparación para la violación colectiva masculina (rememoren ese motor entre las piernas de Travolta, descendiendo del cielo, esos movimientos pélvicos, el coche en sí como un falo flagrante... un cristalino llamamiento a la subyugación de "las idénticas"). Nota: si a algun@ no se le había ocurrido le cedo el "descubrimiento" sin royalties; eso sí, quiero crédito en el Post-Structural Journal of Gender Studies de turno donde aparezca. 
Entonces vuelvo a mi pregunta inicial, que me corroía desde el viernes noche: ¿cómo representarían Grease los chic@s del BHS, el instituto más orgullosa y conscientemente diverse, progressive, alternative, sustainable y sensible en millas a la redonda? ¿Qué sería de la escena en la que Zuko le intenta meter mano a Sandy mientras están en el drive-in? Recuerden que lo hace así, a las bravas, sin hablarlo previa y concienzudamente, como ahora se propende a que se haga en muchos campuses de este país ("¿has valorado la posibilidad de que te acaricie un seno? ¿cómo debemos afrontarlo y pensarlo después?"), ni formulario "sí es sí" ("si quieres que iniciemos una conversación sobre ello y luego ponerlo en práctica, firma aquí y aquí, Sandy, donde la cruz"); no, Danny-buitre recurre al viejo expediente de "te paso el bracete por detrás de la butaca y a ver si cuela". 
Mi curiosidad malsana no dejaba de tener fundamento: hace dos semanas asistíamos en este mismo auditorio a un concierto de grupos corales de estudiantes. Y, bueno, por lo que resultaba evidente habían separado a los grupos en masculinos y femeninos. O eso creía hasta que la portavoz de uno de esos grupos (que por lo que parecía desde la distancia de mi butaca estaba compuesto por chicas) anunció su grupo como "gender-fluid".
Así que, con esos antecedentes, no habría de sorprender que en el programa que nos distribuyeran a la entrada de la representación se incluyera un trigger warning (recuerden que en Grease hay un embarazo adolescente); para los no versados, es una de esas advertencias que se incluyen ahora obligatoriamente en muchos cursos en los que la temática aborda asuntos que pueden recrear traumas en el estudiante (si van a leer, pongamos, Tiempo de Silencio en un curso de Literatura española contemporánea, o una sentencia de violación en Derecho Penal o incluso Huckleberry Finn). ¿Habría un safe space junto al puesto de palomitas donde poner en común nuestro malestar y consolarnos, como hacen ahora en algunas facultades cuando vienen conferenciantes "incómodos, provocadores o que simplemente van a cuestionar la hegemonía neoliberal"?
Y en cuanto al musical, rumiaba yo que a lo mejor se iba a convertir, en las manos del adaptador del BHS, en algo así: Danny Velasquez es un cubano-americano de primera generación que ha pasado el verano en Myrtle Beach (South Carolina) sufriendo micro-agresiones constantes: su cobrizo tono de piel ha provocado que, cotidianamente, los lugareños - todos ellos orgullosamente WASP- le preguntaran por sus orígenes, y esto, aunque no inicialmente, pero sí por acumulación, como las picaduras de los mosquitos, ha acabado por minar su autoestima y su sentido de pertenencia. Danny ha nacido con los caracteres sexuales secundarios que, socialmente interpretados y configurados, asignan a los individuos el género masculino (y con ello todo un conjunto de privilegios y herramientas para la explotación). Danny está en el trance de reasignarse su identidad de género cuando conoce a Sandy Mendelson, una judía atea, pescatarian, que se confiesa pansexual y gender-non-conforming. Sandy le ayuda en su "transición" y poco antes de despedirse celebran un entrañable ritual en la playa, aprovechando una noche de luna llena, en el que Danny abandona definitivamente el pronombre "he" y pasa a ser referido como "zie" y ya nunca más como "Latino" sino como "Afro-Caribbean-American". Cuando la llama de un amor post-capitalista parece prender, tienen que separarse. 
Danny y Sandy se reencuentran sorpresivamente en el instituto Rydell. Danny se ha enrolado en el grupo de estudiantes que luchan por acabar con las explotaciones de fracking en las montañas de Kentucky, mientras que Sandy está comprometida con el SAWCA (Students for the Abolition of the Western Canon in Academia). Sandy y su grupo han logrado que en la asignatura de Calculus se amplíe el curriculum para incluir la aritmética ancestral de ciertas tribus polinesias. Últimamente pugna por sustituir el estudio de los retratos de Sargent en Historia del Arte Norteamericano. Su propuesta alternativa - analizar las expresiones artísticas que dejan los presidiarios en las letrinas de las cárceles de Centroamérica- no suscita consenso entre sus correligionari@s. Algun@s la tildan de colonial. Otr@s de postcolonial. Con esa frustración, a la que se suma el constante dudar de Danny sobre su posible proyecto parental y familiar poliamoroso, vive desencantada. Enterada de que Danny va a acudir a una concentración ante la sede de una importante empresa de ingeniería genética para protestar contra la distribución de arroz dorado en Sri Lanka, se disfraza de mazorca con la ayuda de varias miembr@s de su grupo, y reconquista el corazón de Danny. 
Con ese come-come especulativo anduve toda la mañana de ayer mientras hacía las labores propias de mi cis-género. Y así nos llegamos en el T (sin Birds) hasta el BHS. Y no di ni una. Ni trigger warning ni zarandajas. Y lo pasamos bomba el Matías y yo. Y salimos del recinto bailando cuales azafatas señalando las salidas de emergencia. Hasta me ha pedido gomina esta mañana, el tío... 
Esta noche repasamos El Segundo Sexo
Uh, uh, uh, honey... The one that I love... uh, uh, uh

domingo, 29 de enero de 2017

TRU-MAN

La Universidad de Duke decidió, hará un par de años, prohibir el uso del "Modafinil" (en España "Modafinilo") entre sus estudiantes bajo la consideración de que su empleo es un supuesto de "deshonestidad académica". El Modafinil es un fámarco perteneciente a la familia de los
Pete's Café (Harvard St. Brookline, Mass)
"pharmacological cognitive enhancers" (PCE) que se prescriben para tratar algunas patologías cognitivas, neurodegenerativas y psiquiátricas (de todas ellas la narcolepsia tal vez sea la indicación más típica) pero también es usado, y de manera no marginal, por aquellos que necesitan concentración o minimizar los efectos de la falta de sueño en una circunstancia particular. ¿Tiene Duke buenas razones para prohibirlo? ¿Constituye un modo "tramposo" de estudiar y ser evaluado?
Desde hace algún tiempo algunos colegas del Center for Bioethics debatimos este asunto y hemos acabado de pergeñar - a lo largo de esta semana- un último borrador en el que concluimos que definitivamente la política de Duke es equivocada: el Modafinil no genera efectos significativos para la salud (es mucho menos peligroso que la nicotina, por ejemplo) y no parece que desvirtúe el esfuerzo académico (al modo de los plagios), ni que corrompa la práctica misma consistente en aprender y demostrar lo aprendido, si bien una distribución no equitativa entre los estudiantes genera ventajas injustas en beneficio de quienes lo toman, ventajas que por tanto habría que corregir mediante la garantía de la posibilidad de igual acceso. ¿Si los estudiantes no lo pueden tomar, porque sí sus profesores?
Somos 4 los autores de este paper (un neurólogo de Harvard, un filósofo de Cambridge, la directora del Centro y este servidor-bloguero) y les diré, sin dar más pistas, que 3 de nosotros cuatro han tomado la dichosa pastilla cuando han tenido, por ejemplo, que dar una importante charla tras un largo vuelo trasatlántico, o sacar horas extra, y, en palabras de los usuarios, es "verdaderamente portentosa". El seminario que tuvimos el miércoles al respecto fue tan lúcido que llegué a pensar si no estaban los demás (yo no, lo juro, lo juro) en Modafinil ración doble. Entre bromas y veras nos planteábamos si no declarar al inicio del artículo que lo habíamos pensado, discutido y escrito recurriendo al Modafinil, precisamente como muestra de nuestro compromiso con la búsqueda de la verdad y el conocimiento sobre el asunto. Aunque, claro, en estos territorios de la filosofía moral, lo de la "verdad" se antoja quebradizo si no pretencioso. Si es que la verdad es la correspondencia con los hechos, ¿a qué hechos nos podemos referir al hacer juicios de valor? Coherencia, buenas razones, ajuste con otros principios que también suscribimos... y poquito más es a lo que podemos aspirar. Que no es poco, por cierto.   
Y hablando de hechos: menuda semanita de "hechos alternativos" a cuenta de cuánta gente asistió a la ceremonia de toma de posesión del Presidente. Ya saben, el jefe de prensa de la Casa Blanca dijo en su primera aparición pública que había sido la mayor concentración de la historia y los hechos parecen desmentirle. Pero hay "hechos alternativos", se defendía la consejera máxima del presidente. Bueno, sí, hay muchos hechos alternativos. Imagínense. Relevantes, pues menos, digo yo. E interpretaciones alternativas a los hechos - que es lo que en el fondo quería decir la consejera- ninguna si de determinar una cantidad se trata. ¿O no? 
La respuesta no es tan clara entre los trumposos y la cosa viene de lejos. En su época de "empresario audaz" (allá en la década de los 80) el propio Trump era muy dado a lo que él mismo denominaba "verdad hiperbólica", esto es, a una cierta exageración sobre el producto que vendía. Así, digo que el edificio vale x millones porque tiene 67 pisos pero en realidad tiene 57 (los otros diez son parte del dominio de "los alternative facts", o "flats" habría que decir en este caso). Esto de la verdad hiperbólica era lo que en Moratalaz (barrio en el que me crié) llamábamos "un trolón". Newt Gringrich, un político republicano ilustre, también nos ofrece una buena enseñanza de lo que tenemos entre manos: en plena campaña electoral no paraba de dar la matraca sobre el incremento de la criminalidad en Estados Unidos durante la presidencia de Obama. Una periodista le mostró los datos que desmentían esa afirmación, ante lo cual Gingrich, sin modificar el rictus, replicaba que la gente lo cree (que la criminalidad era mayor) "... el americano medio cree que esa tasa ha subido y eso es lo importante". Esse est percipi, que dijo el obispo Berkeley en otro contexto. 
Y así llegó el viernes y se acabó el show de Trump. O siguió, aunque en la forma de tragedia para los miles de turistas, viajeros, residentes, refugiados, gente de toda condición que vio de la noche a la mañana impedido su acceso al país en una muestra insólita de despotismo desilustrado. 
Mientras, Matías y yo disfrutábamos viendo casualmente El show de Truman, el primer encuentro que ha tenido Matías con el puzzle filosófico de la verdad. "¡Pero todo es mentira!" gritaba el pobre a cada rato. Casi nos da por llorar cuando finalmente el barco encalla contra los confines de la "¿falsa realidad?" (la caverna de Platón o Segismundo) en la que Truman había vivido y resiste la tentación de permanecer en la "ficción", pese a las advertencias de su "creador", despidiéndose de su público para renacer en el "¿mundo real?". 
"La verdad es lo más importante", decía hoy Matías mientras nos dirigíamos a la inauguración de la exposición de Rafael Soriano en el McMullen Museum of Art de Boston College. "Hay que decir siempre la verdad". "¿Siempre?" - le desafiaba yo. Le hacía pensar en que para las relaciones sociales ir "con la verdad por delante", esto es, manifestar siempre lo que honestamente creemos no era muy conveniente. "Hombre papá, pero eso son mentirijillas y no cuentan. Hombre claro...". Parecía que lo había pillado (como diría él).
Llegamos puntuales al McMullen y por allí apareció Nancy Netzer, la directora. "How is everything Mataias?"- dijo nada más vernos.
"Very good... except for Trump", replicó, muy honesto, él.
Seguimos. 

   

domingo, 22 de enero de 2017

PLATFORM

Ha sido la semana de MLK (Martin Luther King) y en el cole de Matías se ha honrado su legado recordando su biografía, así como la de otros importantes luchadores por la causa de la igualdad racial en Estados Unidos. La de Harriet Tubman, señaladamente, que a Matías le ha impresionado mucho. 
Pero sobre todo ha sido la semana de las plataformas. El colegio de Matías publicaba el informe de alumnos (las notas, vamos) correspondiente al primer trimestre. En una plataforma, por supuesto, con su correspondiente ID y password provisional que tiene que ser cambiado antes de que Snowden sepa qué tal va tu vástago en "habilidades de lectoescritura" (si va entendiendo lo que lee el muchacho, vaya). Y cuando has cambiado la password - echándole un buen rato a la combinatoria- y has elegido tu pregunta de seguridad (sobre casi todas las sugeridas pude anticipar un estado de Alzheimer que me bloqueará a la hora de responder el color de mi primer coche, por un poner), entonces, digo, ya se te ha olvidado el ID y la plataforma te bloquea sistemáticamente a pesar de tu obstinado esfuerzo en barajar opciones que te permitan abrir la cueva como en Ali Babá. Así que, constatado el fracaso y agotada la paciencia, mensajito al canto a una dirección de ayuda cuyo gestor, cuando lo reciba, pensará que yo lo que necesito es llamar al teléfono de la esperanza. Y cuando no se te ha pasado el sofoco te acuerdas de que hay otra plataforma - en este caso la de la Comisión Fulbright- que espera que "subas unos documentos" y que llevas dos semanas mareando la perdiz, o sea, procrastinando.
Y hablando de procrastinar, el viernes sí que procrastiné. A tope, sin piedad, ni complejos, con el expediente de que "se vivía una jornada histórica". La cosa, como saben, iba también de plataformas, física en este caso; concretamente la de las escaleras de Capitol Hill donde estaba previsto que a las 12 el "president elect", Donald J. Trump, jurara su cargo de presidente de Estados Unidos ante John Roberts, Chief Justice de la Corte Suprema. Sí, esa escena que tantas veces hemos visto, uno de los iconos más importantes de la escenografía política contemporánea. 
La retransmisión en la CNN empezó pronto y se cubrían todos los detalles, abriéndose varias pantallas a la vez si era necesario mostrar, por ejemplo, la salida de la iglesia de la futura primera dama acompañada de Trump, y, al tiempo, la espera de Michelle Obama aguardando en las escaleras de la Casa Blanca, o la llegada de los primeros invitados VIP a la plataforma. Se reparaba en todos los detalles: los vestidos, los personajes menos conocidos para el gran público, los orígenes del coro que amenizaba la ceremonia, el número de Biblias, y su procedencia, que emplearía el president elect y el vice-president elect (Mike Pence). Me llamó la atención la prestancia de Hillary Clinton, de un blanco de novia resplandeciente, rodeada de todos los que han sido presidentes en lugar de ella, capeando el temporal con mucha dignidad; y también el semblante y la actitud de Barron, el hijo menor del president elect, nerudianamente como ausente, hablando para sí, enfrascado en algo que parecía para él mucho más importante que toda aquella parafernalia.
Yo les confieso que vivía aquello con un punto de ensoñación, pensando que nada de lo que se anticipaba podría llegar a actualizarse. Que ocurriría finalmente como en la genial escena de los hermanos Marx en Una noche en la ópera: que a los polizones, disfrazados de héroes de guerra extranjeros, se les van cayendo las barbas a base de tantos vasos de agua y finalmente tienen que salir huyendo de aquella plataforma desde la que tenían que discursear a las masas que vitoreaban. 
Se aproximaban las 12 y tuve un sueño, como el que proclamó tener MLK desde la plataforma del Lincoln Memorial, justo enfrente de dónde ahora Trump, con gesto amohinado, aguardaba su turno. Su semblante y gestualidad eran las del cliente del restaurante que se dispone a recibir las disculpas del manager porque la carne del faisán no estaba en su punto. 
En mi sueño, como en el célebre relato de Andersen, un niño - Barron tal vez- gritaba: "pero si es Donald Trump". Entonces todos nos animábamos a romper el hielo cayendo de un guindo en el que consciente, pero calladamente, nos sabíamos. El primero John Roberts, que muy amablemente, pero con un punto de condescendencia por estar tratando con un adolescente gamberro, le rogaba a Trump que se apartara para que pudiera tomar juramento a...   
Entonces Trump arrancó a hablar, me desperté y empezó la pesadilla. 
Aun creo estar soñando. 

sábado, 14 de enero de 2017

YELENA

“… nunca tenemos razones para disfrutar, o sentirnos conmovidos por la música…” (Derek Parfit, On What Matters). La música, de acuerdo con Parfit, nos causará ciertas sensaciones – de gran regocijo o insoportable desagrado-, pero una persona no deja de ser racional por su indiferencia ante lo que es considerado musicalmente sublime (pongan ustedes su pieza favorita). Uno, en cambio, sí tiene razones para admirar una novela, una obra de teatro o un poema por las ideas que expresan.
Llegamos al 33 de Harvard Street, junto a una de las tiendas de juguetes más encantadoras de Brookline Village, urgidos por la necesidad diurética de Matías. Alcanzamos raudos la tercera planta y casi sin darle oportunidad a Yelena Gridneva - la maestra rusa recomendaba por nuestra amiga Vali- de despedirse de la alumna con la que acababa de concluir la lección, nos precipitamos en su estudio al grito (mío) de: “sorry he really needs to use the bathroom”. “Of course” dijo Yelena denotando su acento eslavo.
Matías salió del baño con cara relajada y mirada pilla. En susurros, mientras se despojaba del abrigo, me informaba de que: “Tiene las tetas muy grandes”. En fin, el observatorio del género (versión kids) se lo perdone; y a mí (la versión para adultos) también, pues la verdad es que así es.  
Yelena se ganó enseguida la confianza de Matías, haciéndole ver que ella también compartía la tradición del do, re, mi (además, claro, de dominar la notación alfabética predominante entre los anglosajones). Le sentó al piano y a mí en una discreta retaguardia. Miró su libro Bastien que nos trajimos desde España para hacerse una idea del nivel del pupilo – “this is very old-fashioned” dijo con cierto desdén- y le instó a que tocara algo. Matías no dudó un segundo en arrancarse con su pieza favorita, y, en cuanto acabó, Yelena le preguntó dónde estaba la partitura de eso tan bonito que había interpretado. “No la tengo. Es una composición de mi profesor en España”, dijo.
A partir de ese momento repasaron acordes y subtónicas, ritmos y pausas, modos de contar. Yelena le mostraba con un lápiz muy largo, que sujetaba entre el dedo índice y el corazón como si fuera una varita mágica, la razón de ser de la sintaxis musical y su íntima vinculación con la matemática. “Do you like Math? Is it your favourite subject?” - le preguntó. “No” – respondió Matías, “my favourite subject is PE” (Physical Education). Yelena celebraba los aciertos de Matías (“good job my friend”) y, de modo muy expresivo, emitiendo un sonidito como “ñi, ñi, ñi” (Matías lo imita mucho mejor que yo), le llamaba la atención sobre sus errores o precipitaciones. Los más graves provocaban un “ña, ña, ña” que a duras penas disimulaba la contrariedad. Por la intensidad de algunos de esos lamentos pareciera que con esa corchea a destiempo la imperfección del mundo se hubiera agravado sin remedio.
Entre ellos parecían entenderse y yo lograba concentrarme en mi lectura. Ocasionalmente la música desplazaba mi atención y también el ñi, ñi, ñi, o ña, ña, ña de Yelena y sus alabanzas a Matías siempre medidas y elegantes (“you are very artistic” le decía a media voz cuando ligaba bien las notas). Pensaba en mi ignorancia musical y en las razones de Parfit; en los modos extraños en los que el sonido logra inspirarnos. La música es esencialmente una forma de dividir el tiempo, leí en alguna ocasión.
“Aquellos años” se titula la última pieza de Pablo, mi cuñado. La primera vez que la escuché vi una pelota botando en unas escaleras, y detrás unos pies infantiles, raudos como los de Matías. La puerta de una gran casa que da al mar estaba abierta y la pelota, ahora empujada por el viento, vagaba libre por una  playa infinita. Detrás el niño, risueño, afanado por capturarla aunque en el fondo goza al no conseguirlo. Tiene toda la playa por delante. Y más. Tiene todo el tiempo del mundo, y la música lo sigue fraccionando. Infinitamente, como la recta que, esta semana, hemos aprendido que puede dividirse en números inferiores a la unidad y así expresar otra serie infinita de números (los temidos decimales). Pablo ve a su padre montando en bicicleta en Palamós y a su madre sonriendo en la piscina. Otros “verán” otras cosas, algunos no podrán dar cuenta de contenido representativo alguno y su experiencia al escuchar la obra será inefable (pero apuesto a que no indiferente).
Habrá también unos aquellos años de Matías – que tarden, que tarden, que la pelota no se pinche. Serán los años de Yelena, cuando casi no llega al baño y se sorprendió por sus descomunales pechos y sus ñi, ñi, ñi, ña, ña, ña que acompasaba a sus acordes torpes le provocaban una risa que apenas si podía disimular.

Ni, no ni, no ni, ni no ni no na… algo así suena “Aquellos años”. Imposible expresarlo bien con esta notación. Hay que escucharla. Hay buenas razones para querer hacerlo. Y para disfrutarla, con permiso de Parfit.  

sábado, 7 de enero de 2017

FOMO

    “No, Gabi finalmente vendrá más tarde, si es que viene. Está con su amiga [no registré el nombre], que tiene FOMO”.
Jamaica Pond (Brookline, January 2017)
Acabábamos de llegar al Barcelona, un exitoso local de tapas – uno de tantos que han proliferado en este país, aunque éste engrosa la categoría de los muy dignos- ubicado en las postrimerías de Beacon Street, ya llegando a Cleveland Circle. Elizabeth y Roberto – a quién ya tuve ocasión de introducir cuando narré mi peripecia en Cuty’s en la primera temporada de este blog- se disculpaban así por la ausencia de su hija.
-          “¿FOMO?” – preguntó Ana. “¿Y eso qué es?”
-          “Fear of Missing Out” – replicó entre risas Elizabeth.
-          “¿Fear of Missing Out? ¿Y eso qué es?”- insistí yo.
En una traducción rápida se podría decir que es el “miedo a perdérselo”. Así que la amiga de Gabi padece de MIAPER (por seguir con el acrónimo: en estos tiempos es muy importante poner un buen ramillete de ellos en nuestras vidas).
Quienes padecen de FOMO, por lo que entendimos, no soportan la idea de no haber podido sumarse a un plan que, en el momento en el que lo conocen, les resulta irresistible, algo a lo que apuntarse como si no hubiera un mañana. Por ello esperan hasta el ultimísimo momento para cerrar encuentros. Como Rick en la célebre escena de Casablanca. ¿La recuerdan? Bien entrada la noche, Rick hace anotaciones en la barra. Yvonne (Madeleine LeBeau) le pregunta: “Will I see you tonight?”. “I never make plans that far ahead” – replica Rick. Pues eso.
Por supuesto que el FOMO, como tantas otras patologías proclamadas como idiosincrásicas de nuestra condición contemporánea, ha existido siempre, en la medida en que desde siempre hemos sufrido los costes de la oportunidad, que dicen los economistas. La vida misma es un constante saltar a una rama y ya no poder llegarse a otra, o tomar un camino y abandonar para siempre otras veredas que se abrían al paso.
¿Qué hay de nuevo entonces en lo que le ocurre a la amiga de Gabi? Lo novedoso no es la categoría sino la escala, la dimensión en la que se puede producir la frustración por lo perdido (“donde estará mi plan, el que pudo haber sido y no fue”, podríamos decir parafraseando al Borges) dado el contexto – éste sí, rabiosamente actual- de interacción a través de las redes sociales: resulta que nunca como antes se puede acceder, de forma tan masiva e instantánea, a lo que mis “amigos” andan haciendo y que yo, por comprometerme a cenar con estos españolitos recién vueltos a Brookline y los padres de mi amiga, estoy “missing out”. La inmediatez de la información multiplica el efecto angustiante de la oportunidad que se escapa de una forma que ha explicado y explorado muy bien el genial psicólogo Dan Ariely: no es lo mismo perder un vuelo por un minuto que por dos horas (¿no utilizan ustedes la estrategia del avestruz al entrar en una estación de cercanías para no sufrir el desasosiego de comprobar que por poco no pillaron el último tren y ahora toca esperar 10 minutos?). No es lo mismo enterarse una semana después de que hubieras podido ir a ver un estreno porque a un amigo le sobraba una entrada, que comprobarlo cuando te subes en el taxi hacia otro punto de la ciudad. La razón, explica Ariely, es que las posibilidades representativas del universo paralelo son directamente proporcionales a lo cerca que se haya estado de acceder a él.
El FOMO presupone varias cosas, todas ellas problemáticas. En primer lugar un acusado inconformismo; una incapacidad para aceptar las consecuencias de la decisión tomada; una proclividad exacerbada al lamento (regret); una, al fin, rutilante falta de madurez que se cifra en no haber entendido aún las virtudes de la resignación, eso que tan bien se resume en la sentencia: lo perfecto es enemigo de lo bueno.
Por otro lado, una epidemia de FOMO, esto es, una actitud generalizada de maximización de las expectativas ociosas, resulta auto-frustrante pues al final nadie da el paso de comprometerse a hacer algo. Estamos así ante un típico dilema de acción colectiva. El FOMO de la amiga de Gabi explota que los demás no padecemos del dichoso miedo, o dicho de una forma menos caritativa: la amiga de Gabi es una gorrona de libro.
El FOMO bebe de la fuente de la inmediatez en la que hemos instalado el devenir de nuestras vidas. La amiga de Gabi, como tantos otros, habría oteado el Instagram, o Facebook, o la red social de última hora nada más sentarse en la mesa para averiguar la presunta oportunidad que dejó escapar. Así vivimos, en directo y en tiempo real. Por supuesto, en un sentido trivial nuestra vida es siempre “en directo y en tiempo real” (no deja de ser vivir aquí y ahora la experiencia de evocar el pasado o elucubrar sobre el futuro) pero nunca como ahora se ha sentido como una urgencia dar noticia al universo entero de lo que estamos haciendo, sea esto importante o banal (y esta última cogitación es, por cierto, ya bastante banal).
El remedio es claro y no pasa necesariamente por encerrarse en la habitación de Pascal para aburrirse mortalmente (ahora que lo pienso, tal vez el pobre Pascal padecía de FOMO y de ahí su llamada al encierro) sino en apagar la conexión en directo de la que disponemos a juego de muñeca e índice. Y también en asumir algunas actitudes y disposiciones de carácter para las que, supongo, la edad y experiencia ayudan: la aceptación, la finitud de nuestras posibilidades y opciones – todo no puede ser, y menos si ha de ser siempre lo mejor, aquí y ahora- el valor del compromiso, la consideración de nuestros amigos nunca meramente como un medio. Se trata en suma de compensar los efectos del FOMO con los del JOMO (Joy of Missing Out).
Gabi apareció enseguida, toda risueña y esbelta, dispuesta a conversar y zamparse lo que hiciera falta. Su amiga no. ¡¡No sabe lo que se perdió!!
Uy.

   

jueves, 29 de diciembre de 2016

Back!!

¡¡Hemos vuelto!! Sí, de nuevo en Brookline, dispuestos a desmentir aquello de que segundas partes nunca fueron buenas. Trajimos nuestras maletas cargadas de ilusión por este nuevo proyecto que ya se empieza a desplegar en la forma de trámites varios, compras de muebles y utensilios, y retomando este mismo blog que quedó interrumpido hace más de cuatro años. De momento moramos en casa de Lola y Andy, tan bien acogidos como siempre, disfrutando de unos días navideños de tiempo muy benigno para lo que aquí se acostumbra. El 1 de enero nos mudamos a nuestro apartamento de 217 Kent Street, pegadito al Lawrence School donde Matías acudirá al cole y a tiro de piedra del Center for Bioethics. A lo largo de estos 6 meses esta bitácora será nuevamente una "open house virtual" donde daré a conocer nuestras vivencias y alguna que otra cogitación al paso de nuestras experiencias cotidianas en este país nunca como ahora tan convulso política y socialmente. Me propongo abrir esta puerta una vez a la semana. Desde ya les invito a que estén atentos, pasen, vean y comenten. Un abrazo fuerte.