jueves, 29 de junio de 2017

PADRE

Gas (Edward Hopper, 1940)
Mañana, cuando aterricemos en Madrid, hará 85 años del nacimiento de mi padre. Él ya sólo cumple años en mi recuerdo y en el de las personas que le conocimos y quisimos. Tuvo una larga vida, muy dichosa pese a que nada permitía presagiarlo cuando a los 4 años quedó huérfano de padre, fusilado en Paracuellos, y, junto a sus 4 hermanos, tuvo que superar una guerra y posguerra marcada por la escasez. Una historia conocida y común entre los españoles de aquella generación. 
Hemos estado en Perú, con nuestros amigos los Hogan, Natalie y Joe, y sus hijos Keenan e Isabella. Hemos recorrido a pie durante 4 días la ruta del Salkantay, una aproximación deliciosa al Macchu Picchu que yo descubrí, de modo menos aventurero, hace ya más de 30 años junto con mis padres y mi hermana. Natalie es la tercera hija de Manuel Menendez a quien mi padre conoció en el Oak Ridge National Laboratory (Tennessee) allá por los inicios de la década de los 60 del pasado siglo. Hicieron muy buenas migas, tan buenas que mi padre se convertiría, años después, en el padrino de Natalie y posteriormente en su bridesmaid (el que acompaña a la novia al altar) el día de su boda. Manuel había fallecido trágicamente un año antes. Las buenas migas reverberan en las nuevas generaciones: Isabella, Keenan y Matías se disfrutan a rabiar cada vez que se ven, como Ana y yo con Joe y Natalie.   
En Oak Ridge mi padre vivió dos años, tal vez los más felices de su vida. Dos anécdotas colorean aquél período, dos historias que atesoro con mimo. Allí, me contó en cierta ocasión, conoció a una mujer con la que pudo haberse casado de no haber sido por la insistencia del párroco católico - mi padre lo era fervientemente entonces- en que habrían de educar a sus hijos en la fe católica. Ella era luterana y no comulgó con esa rueda de molino. Así que si estoy aquí es gracias a ese cura. 
La segunda historieta acaeció el día previo a su regreso definitivo a España. Mi padre repostaba siempre en la misma estación de gasolina camino del laboratorio y era atendido siempre por el mismo empleado, a quien se limitaba a pedirle que llenara el tanque, le daba las gracias y le deseaba buen día. Hasta el día en que repostó por última vez, cuando quiso despedirse para siempre de aquél empleado siempre tan solícito. La noticia provocó una perorata por parte del gasolinero de la cual mi padre, según él mismo confesaba entre risas, no entendió casi nada. Después de dos años su inglés había mejorado, qué duda cabe, pero no tanto como para poder seguir el cerrado acento de Tennessee de aquel buen señor. A su vuelta se matriculó en una academia de inglés, por aquello de conservar lo que tanto esfuerzo había costado, en la que conoció a mi madre... El resto es mi historia más inmediata. 
He vuelto a Perú, como he vuelto a tantos otros sitios que tuve la fortuna de conocer con mis padres, pero en un modo que, lo pienso ahora, tiene un punto de vindicación y también un algo de venganza. En Perú, como en Picos de Europa o Pirineos en su momento, no me fue dada la posibilidad de aventurarme por senderos arriesgados, esquiar o compartir el trayecto en tren con los locales. Ahora sí lo hago, y en la mejor compañía posible, la de Ana y Matías.  
Uno de los rompecabezas más endiablados a los que se enfrentan los filósofos morales tiene que ver con la reproducción deliberada de individuos que no tendrán una existencia feliz porque padecerán una patología o condición innata. Muchas parejas recurren a la fecundación in vitro para evitar precisamente ese resultado seleccionando el embrión libre de la enfermedad o discapacidad. Es más, pensamos intuitivamente que es un avance que la ciencia identifique el gen para evitar así esos nacimientos (piensen en el enanismo, el síndrome de Down, la sordera, o afecciones más graves). Pero muchos padres que no pudieron evitar el nacimiento de esos seres se enfrentan a esos celebrados avances con un razonable desasosiego: sin esa condición sus hijos - a los que adoran, cuidan y protegen- no habrían llegado a existir. Éstos, por su parte, difícilmente podrán reprochar a sus progenitores por no haber evitado su padecimiento, pues, de otro modo...
Claro que una desolación semejante cabe ser sentida por cualquiera de nosotros, "sanos" o menos sanos. Así al menos nos obliga a que pensemos R. J. Wallace en un libro inquietante (The View from Here): ¿Cómo tener en cuenta las cosas malas que han hecho posible nuestra existencia? ¿Cómo no lamentarlas si son objetivamente insidiosas? Yo soy el producto de la decepción de una luterana, pero, sobre todo y antes, de un fusilamiento injustificable; y también mi hijo, y todos en definitiva - aquí no se salva nadie- que existimos por mor de atrocidades sin fin. ¿Debería trocar mi haber llegado a ser por la eliminación de esas injusticias?
Nietzsche pensaba que no, que el hombre ha de vivir despojado de esa mochila de temor al mirar hacia atrás y tomar conciencia histórica de sus circunstancias. Si es que hubiera una posibilidad de volver a andar el camino, pensó Nietzsche como muchos otros antes que él, todo volvería a ser como ha sido en una suerte de eterno retorno. 
Sigamos pues. 
Retornando. 
Hasta mañana y hasta siempre. 

jueves, 15 de junio de 2017

DESAFÍO EN BROOKLINE

Por una vez, y sin que sirva de precedente, cambiamos el formato, día y hora. El telón empieza a cerrarse pero habrá nuevos programas... Esperemos que lo disfruten. El blog se toma un respiro para encarar la vuelta con aires renovados. Muchos besos y abrazos



domingo, 11 de junio de 2017

PHISHING

“Claro, la premisa es que tu discernimiento está nublado, no ves con claridad, te puede la urgencia, una cierta angustia. Y él se gana tu confianza precisamente mostrando su desconfianza ha-cia-ti. Eso te acaba de poner en sus manos”.

 



“No, no, fue todo a través de texto, por el móvil. Le interesaba, así, sin más. Joder. Y nada más colgar el anuncio. Me preguntó cómo me llamaba. Le dije y le pregunté: ¿y tú? Ernesto Solís, me dijo. Ah, y de ¿dónde eres? pregunté pensando que era latino. De California. Y ahí me extrañó porque seguimos la conversación en inglés. Yo le insistía en que teníamos que hacerlo por la mañana. El viernes sin más tardar... Que mi hijo, que si el cole. Mujer, la lista es fiable…”.

“De hecho esa noche se lo comenté a otros amigos: creo que lo he logrado. Sólo me faltaba enviarle los datos de la cuenta. Lo hice a última hora, lo demás ya lo sabía, dirección, oferta, todo... Me dio por pensar qué todo había ido muy rápido…”.

“A cada rato miraba, y nada… así toda la mañana del día siguiente…”


“Al final, frisando el mediodía recibo un texto suyo, farragoso, mal escrito, contándome que debía entrar en mi correo para completar el acuerdo. Que me incluía los gastos de envío que yo le abonaría, agárrate, 650 dólares, y que una vez completado ese pago automáticamente Pay-Pal me ingresaría en mi cuenta los 1.000 dólares acordados por los muebles. Y que revisara en mi carpeta de spam”

“Y en efecto, allí estaba el mensaje, en el spam, bien aparente con el logo y todo y con la instrucción de clicar en un enlace para “completar la operación”.






“Pero es entonces, al borde del precipicio, cuando cierras el círculo, cuando todas las piezas te encajan… cuando todo adquiere sentido: la pregunta inicial, casi ofensiva de si no le estarás tú engañando a él, manda cojones, ahora con esta perspectiva lo puedo decir y hasta reírme. El extraño nombre, la premura, sin haber visto siquiera el género… Y en el fondo pararte un momento y pensar que algo que tú vendes se ha transformado, en un extraño proceso de “nada-por-aquí-nada por-allá-dónde-está-la-bolita” en algo que tú tienes que pagar primero. Manda pelotas. Le llaman “phishing”, en el fondo una forma de desnudarte sin que te des siquiera cuenta. Y yo, chico, he estado muy, pero que muy cerca de caer en la red en pelota picada”. 


domingo, 4 de junio de 2017

CASUALIDADES

Jin-Kyung Joen (violín), Eugene Kim (cello), Tae Kim (piano) y Ronald Gorevic (violín)
Antes de introducir la última pieza del programa, Eugene agradeció al New England Conservatory la generosidad por haberle permitido celebrar sus 20 años de magisterio en el majestuoso Jordan Hall. "También tengo que agradecer" - añadió- "que venir aquí a enseñar, y tocar en Boston me permitió conocer a la que es hoy mi mujer, la maravillosa violinista que me acompaña". Bruno, su hijo, sentado junto a Matías en el patio de butacas, se sonrojó ostensiblemente.
Matías y Bruno se conocieron en el 2011 cuando coincidieron en la misma clase en el colegio St. Mary's, y ahora, casualmente, se han vuelto a encontrar sentados pupitre con pupitre en el Lawrence. No podíamos faltar a esta celebración aunque el programa - la Sonata de Cello y Piano de Barber, una pieza de Brahms y la Suite para dos violines, cello y piano para la mano izquierda de Korngold- no era fácil. 
Llegamos los tres - la tía Lola se nos sumó entusiasta en el último momento- con tiempo suficiente para ubicarnos bien, junto a Bruno y su abuela - cuyo inglés me resultaba ininteligible hasta que caí en la cuenta de que era coreano. Nada más sentarnos reparé en los saludos ostensivos de Lydia, una veterana ginecóloga que frecuenta los seminarios del Center, que vivió algunos años en la selva de Lacandona (Chiapas) tratando mujeres indígenas, y que ahora, por lo que nos explicó a gritos desde la fila 3, en su condición de jubilada está desarrollando un proyecto de musicoterapia y cuidados paliativos al final de la vida. "¡Qué casualidad!", dijo en su acento aún impregnado de mexicanismo. 
"Ah ¿pero ustedes hablan español?" - nos preguntó la señora que se sentaba justo delante de nosotros. "Yo soy de Costa Rica, me llamo Teresita Rodríguez. ¿Ustedes?". "Bueno" - dijo Lola. "Es un poco complicado... Yo soy de Madrid pero llevo ya muchos años afincada en Brookline. Mi cuñado y mi sobrino están aquí por un tiempo". "Este es mi marido" - dijo Teresita. "Es alemán". "¿Y viven aquí?". "No, hemos venido a ver a mi hermano. Vivimos en Alemania" - dijo él. "Yo soy profesora allí de Literatura española"- apostilló Teresita. "¡Anda, como yo aquí!" - replicó Lola. "Qué bárbaro, qué coincidencia". "Mi marido es físico" - dijo Teresita. "Anda, como mi hijo que se acaba de graduar en Reed College... ¡qué de casualidades!". 
Le había puesto en antecedentes a Matías sobre la peculiaridad de la última pieza: una suite compuesta para Paul Wittgenstein (sí, el hermano de Ludwig) un notable pianista que perdió su brazo derecho en la primera guerra mundial y no se resignó a dejar de tocar. Tras bucear en la historia de la música a la búsqueda de piezas para una sola mano, acabó encargando a compositores de primera fila (Ravel y Prokofiev entre otros) que le escribieran sonatas e incluso conciertos. Su compatriota Erich Korngold, un niño prodigio que a los 11 años ya era aclamado como compositor, fue uno de los que aceptó gustoso el encargo (la fortuna familiar de los  Wittgenstein permitía no reparar en gastos). 
"¿Y qué hará con la otra mano?" - le susurré a Matías mientras Eugene seguía presentando la pieza. "No sé, metersela en el bolsillo... o a lo mejor se la ata a la espalda o se la coge la señora esa que le está pasando las páginas de la partitura". 
A mediados de la década de los 30 del siglo pasado Korngold comenzó a componer para el cine de Hollywood. Corría el año 1938 cuando Hitler se anexionaba Austria. La casa de la familia de Korngold, judía, era confiscada, como tantas otras. La casualidad quiso que Korngold se encontrara en ese momento trabajando para la Warner, terminando la banda sonora de Las aventuras de Robin Hood, el clásico de Errol Flyn y Olivia de Havilland, una de las músicas de cine más celebradas de la historia. Nunca regresó a Austria, y, como él mismo declaró después, pudo vivir - aunque no mucho más pues murió a los 60 años- gracias al "príncipe de los ladrones". Así que la fortuna - la de la familia Wittgenstein- y el infortunio - de Paul Wittgenstein- se conjuraron para hacer posible un legado de incalculable valor: el de un repertorio más que digno para los pianistas accidentados o los mancos.  
Mientras la pieza llega a su finale, advierto que Matías no quita ojo a la mano derecha del pianista Tae Kim, tratando de comprobar si resiste impávida; y pienso en algo que leí recientemente: una casualidad evolutiva hizo posible que los pulpos no desarrollaran un dedo pulgar oponible. De otro modo serían hoy los reyes del mambo. Y ni les cuento las posibilidades sonoras a "ocho brazos" de las que disfrutaría un universo donde los humanos seríamos el aperitivo previo a las veladas musicales, o el plato estrella de la cena posterior en la correspondiente Casa de Galicia. 
Mejor no pensallo.  

domingo, 28 de mayo de 2017

GRADUATION

Pleasant Street (Brookline, Massachussetts)
El acontecimiento de la semana ha sido, por supuesto, el que llamaremos "rapto de la bitácora". Ustedes han tenido que intuirlo, son personas sagaces, pero habrán estado todos estos días urgidos por saber cómo fue posible. Muy sencillo: un wannacry, aunque no electrónico, ni digital ni virtual; analógico o, si quieren, el secuestro físico de toda la vida. Con sus condiciones para el rescate, aunque no en bitcoins sino en la forma de "no tocar ni una coma", o sea, nada de desmentidos ni enmiendas ni notas aclaratorias, ni mucho menos borrado de esa burda historia que, bajo el más burdo título de "Yo, Paco", apareció en la última entrada de este blog (y con este introito ya me estoy jugando el bigote). Pero ha pasado el plazo y yo he cumplido mi parte. De Jack ni rastro. 
Volvíamos Matías y yo de dar un paseo, haciendo nuestro recorrido favorito, ese tramo desde Kent a Harvard Street por la calle Longwood que nos ha visto crecer - más a Matías que a mí- tantas tardes de diario y mañanas de sábado o domingo en las que había que, simplemente, dar una vuelta, hang around como dicen aquí, despejarse, o salir a comprar algo de leche o yogur o fruta en el Traders Joe; regresábamos a casa, digo, por ese segmento al que Matías llama la "calle Caníbal", y la llama así porque en algunos de esos paseos nos hemos encontrado una rata muerta, un pájaro herido, huesos, un guante de esquí y un vómito provocado por la jarana de Saint Patrick; retornábamos, digo, antes de que se me vaya el hilo del todo, por la calle Caníbal en animada charla, y, como el que no quiere la cosa, nos encontramos ya abriendo la puerta de casa. Matías insistía en ese momento en que era urgente introducir un tercer estado entre el botón de like y el de dislike (el célebre pulgar arriba pulgar abajo atribuido a los Romanos hasta que apareció Mark Zuckerberg en nuestras vidas) un calificativo intermedio, una especie de ni fú, ni fá, un comme ci comme ça con el que él, por ejemplo, calificaría la última película de Hitchcock que hemos visto juntos (North by Northwest). 
Noté enseguida algo raro nada más entrar en el apartamento. Me dirigí a mi habitación, y, en efecto, allí, en lugar de mi portátil, o sea, en lugar de mi vida en verso (y prosa, sobre todo prosa) se hallaba una nota en la que se me decía que recuperaría mi ordenador al día siguiente siempre que no accediera, con ningún otro dispositivo, a este blog y modificara nada en una semana. Apenas pude conciliar el sueño que sólo me venció ya casi amaneciendo. Me levanté sobresaltado, con el cacharreo de Matías que últimamente me sorprende preparando el desayuno para ambos. Abrí la puerta de casa y allí estaba, en el descansillo, mi preciada joya. Y bueno, el resto de la historia ya la conocen. Matías jura y perjura que no tiene nada que ver y que no sabe de qué le hablo, pero yo, pues no las acabo de tener todas conmigo. Este "Paco"…
Por lo demás fue semana de graduaciones. La más señalada para nosotros la del primo Alex, brillante egresado en Físicas de Reed College (Oregon) a la que no pudimos acudir pero de la que tuvimos cumplida cuenta con los vídeos que nos mandaban Andy y Lola. Por aquí, claro, la más celebrada y comentada la de Harvard – pasada por agua, y mucha- que contó para la ocasión de la Commencement Address precisamente con el travieso Zuckerberg que volvía a su vieja Universidad para obtener el título que nunca llegó a lograr, y, encima, dar el speech. Pasé por allí y pensé en trasladarle la inquietud de Matías que había dibujado incluso cómo tendría que ser ese botón de “ni chicha ni limoná”. “Obviamente un pulgar en horizontal, ni para arriba ni para abajo” – me decía con cierto desdén por tener que responder a una pregunta absurda.
Vivimos ya con una cierta sensación de graduación, la verdad. Se agota nuestra estancia aquí, y, tal vez por influjo de un tiempo que sigue siendo otoñal, nos empieza a invadir una tenue nostalgia prematura. Caminamos por la calle Caníbal camino de JP Licks, nuestra heladería favorita. Pasamos junto al número 200, un solar en el que, desde que se apaciguó el invierno, vemos crecer a buen ritmo el edificio de apartamentos. “¿Y qué?”, le preguntó. “¿Cómo te parece que les está quedando?”. “Bueeeeno”, me responde Matías con ese alargamiento de la vocal que denota pulgar horizontal. 
En la calle Caníbal hemos compartido silencios, chanzas y también apuestas, sobre todo las que a Matías más le chiflan, las que tienen que ver con el “precio” de nuestras repulsiones: lo que nos tendrían que pagar por hacer determinadas cosas – tragarnos una oruga viva, quedarnos sin dedo meñique, vivir aislados- de acuerdo con el célebre estudio del psicólogo Edward Thorndike con el que pretendía dar con una métrica para las preferencias. “Yo una oruga, por 1.000$ sí me la comía, pero una rata como la que vimos aquí… vamos” – decía haciendo un dislike mayúsculo con su pulgar. “Antes me quito el meñique”- sentenciaba.

Doblamos ya la esquina de Harvard Street y me suelta: “Oye, papá, ¿cómo hacen los ciegos para limpiarse bien el culo después de hacer caca?” 
Ni a Zuckerberg se le hubiera ocurrido. Aún ando dándole vueltas. 

domingo, 21 de mayo de 2017

YO, PACO

[En el episodio de hoy hay un "artista invitado", ejem, que toma la alternativa, so to say...]

Jack no existe. Todo lo que os a contado Pablo sobre mi es mentira. En realidad me llamo Paco y naci en Los Angeles. Era un apasionado de la fotografia. Por ejemplo esta foto, esa la hize cuando Matias acababa de hacer un Homerun. Yo tenia unos padres medio espnoles por eso hablo un poco de espanol. Yo me... como lo decis? Brie Ah! no crie claro! Yo me crie en Boston y me gusto tanto que decidi vivir ahi, tambien tengo 60 años y he ganado  10 trofeos de mortales. En College estudie quimica y conoci a dos tias una que era mas fea que un abuelo en vragas y otra que estaba... tela. Luego nos casamos y tuvimos un hijo y mi mujer se suicido hace poco tirandose a la via cuando pasaba un tren. Luego me echaron del trabajo y con el dinero que me quedo (1.000$) estoy aqui :) Ps. Lo siento por las faltas de escritura.

domingo, 14 de mayo de 2017

EMERGENCE

217 Kent Street, Brookline (Massachussetts)
Jack urdió su plan una noche en la que regresó inusualmente pronto a casa - el apartamento número 15 de 217 Kent Street. Y fue precisamente lo que motivó haberse liberado de lo que restaba de jornada laboral lo que le encendió la chispa. 
Desde que volvió del Perú tras su accidente en el Alpamayo, Jack sólo dio tumbos. Y no sólo los físicos, los causados por las congelaciones y una prótesis que, por muy buena que fuera, nunca evitaría su renco caminar. Fue, sobre todo, la inapelable imposibilidad de regresar a la montaña, la única vida que había concebido como viable desde que cumplió 16 años y se convirtió en el más joven escalador en libre en hacer en solitario el Gran Capitán. Saltó de un Estado a otro, de una ocupación a otra, y de un corazón a otro sin encontrar nunca su sitio. Y en ese trajinar amargo le cayeron los 50. Una oferta para trabajar de celador en un hospicio del South Boston le condujo, hará cosa de un año, a Brookline, a la madriguera 15, como él acostumbraba a denominar a su morada. 
Le asignaron desde el principio el turno de noche, el que nadie quiere, el que menos le permitía hacer valer su digna competencia en español, razón principal por la que se ganó el empleo. Los latinos, población muy mayoritaria en el South, son siempre dicharacheros, aun moribundos, pero no lo son tanto de noche. Y además, como todos los muy enfermos que viven sus últimos días fuera de casa, cumplen el universal de morirse a partir del ocaso. Así que a Jack, una noche sí y otra también, "le caía el muerto", como solía repetir a las prostitutas  a las que, ocasionalmente, contrataba en Chinatown después de su jornada. 
Aquella noche, sin embargo, apenas llegó al hospicio le largaron de vuelta a casa. Habían saltado las alarmas, y, por si acaso, habían resuelto evacuar a los pacientes al Mass General Hospital. El despliegue era morrocotudo, el propio de este país exagerado en tantas cosas, y muy especialmente en las emergencias. Los vecinos de los alrededores se habían congregado en pijama junto con algún que otro corresponsal de las teles locales, curiosos, y los propios enfermos, acomodados como buenamente se pudo en la avenida a la espera de su transporte, más animados que nunca por el espectáculo. Florencia, una cubana con un cáncer de pulmón en fase terminal, apuraba su largo cigarro sin quitar ojo a los bomberazos que desfilaban a su lado. "Me traerías los aretes que me dejé en la habitación, y el lápiz de labios" - le pidió a Jack antes de partir alzada por uno de aquellos titanes. "Apúrate chico".
"Me podían haber avisado y me hubiera ahorrado el viaje" - le espetó Jack al gerente, que, como hubiera dicho Florencia, andaba "vuelto loco y sin ideas" sorteando sillas de ruedas y goteros. El gerente no estaba para minucias así que Jack enfiló hacia South Station cuando ya daban casi las 11. 
Camino de Park Street, donde cambiaría a la D line, rumiaba su año y pico en 217 Kent Street, en donde, salvo el simpático niño español y su padre, los del 22, el apartamento en el que acabó su calcetín con los dedos de pega, no había visto nunca a nadie. Y nunca es nunca. Y mira que había tocado puertas fingiendo necesitar algo de sal, o un mechero para encender las supuestas velas de una supuesta tarta en una supuesta fiesta de cumpleaños que celebraba en su madriguera 15. Después de un año en Brookline, conocía a tres putas y a unos cuantos viejos catatónicos deseando les fuera expedido ya el salvoconducto al otro barrio. Y pare usted de contar. 
Entre la estación de Kenmore y Fenway decidió que el horno sería el mejor método. Cuando llegó a casa abrió la nevera y sacó todas las mazorcas que le quedaban, la mayor parte de ellas ya revenidas, y las depositó en la bandeja. Programó el horno a la máxima temperatura y colocó la bandeja tan cerca como pudo de los quemadores superiores. No tardaría. Y no tardó. Escasos minutos. 
"¡Papá, que es ese ruido!" - gritó Matías desaforado desde la cama. 
Me levanté de un salto y corrí hacia la puerta. El chillido era ensordecedor y desde fuera se oía el bullicio de los vecinos que salían de sus apartamentos asustados y somnolientos. Alguno dijo que del 15 salía mucho humo así que, sin mayor demora, nos calzamos las zapatillas y el abrigo y salimos pitando a la calle donde ya nos congregábamos todos. La noche era fresca y algunos bebés lloraban en brazos de sus madres. Me sorprendió ver tanta criatura, tanta gente. Nunca hubiera sospechado que en aquél edificio habitaran tantas almas. 
"¿Pero alguien ha llamado a la puerta? ¿Saben si está? - oí que preguntaba un vecino. A lo lejos se oían ya las sirenas. Matías, disipado el peligro inminente, disfrutaba de lo lindo. "¡¡Ostras y la poli viene también!! Qué guay". 
"Los pasaportes, tenía que haber cogido los pasaportes... Y el ordenador..."- pensaba yo mientras tanto. "Pero no parece que haya fuego... será alguien que se ha echado un pitillo, o que estaba cocinando... vaya usted a saber". 
Matías me sacó de mis cavilaciones. "Mira papá es Jack". "¿Quién hijo?". "Sí, papá, el del calcetín con los dedos". En efecto, emergido de entre las sombras, apoyado en su muleta departía amablemente con una pareja asiática. En ese momento llegaban los bomberazos y mientras entraban parsimoniosamente al edificio (debían saber ya que la cosa era de poca monta) Jack seguía mariposeando entre los corrillos, cual anfitrión del cóctel, sonriendo y estrechando manos como hacen los candidatos en campaña. 
Al poco salieron los bomberazos, instándonos a entrar y seguir nuestros dulces sueños, justo cuando Jack llegaba a nuestra altura. "Hola" - dijo con una sonrisa de oreja a oreja. "Hacía tiempo que no les veía". "Sí" - dije. "Menudo lío que se ha montado en un momento". "Un poco, sí" - replicó Jack mientras enfilábamos la puerta. "Me temo que ha sido mi despiste. Dejé unos maíces en el horno y se me fue... ¿cómo es lo que dicen ustedes? ¿el santo al techo?". "Al cielo"- corrigió Matías. "Sí, eso" - dijo Jack entre risas. "A mí me encanta el maíz" - dijo Matías. "Pues cualquier día les invitó a mi casa a cenar. Me sale muy bien... Pero tiene que ser temprano que luego tengo que ir a trabajar". "Claro" - dije yo. 
"Bueno, y en cuanto haya cambiado mi cocina" - sentenció guiñando el ojo a Matías. "Good night Barbara"- dijo a una de las vecinas. "Good night John, bye Peter..."
"Buenas noches Jack".  

domingo, 7 de mayo de 2017

AGUS

"La esterilla, la sartén, la manta para el sofá...". Agus repasaba el contenido de la bolsa y a continuación el listado de los demás enseres y muebles que serían enviados y montados en su nuevo hogar en una semana, justo a tiempo para la llegada de la familia desde Badajoz. Al menos así lo había asegurado la amable empleada con quien había concretado todos los detalles. "El sofá Ekebol, la estantería Liatorp, la cama Brimnes...". "My name is Nancy", le dijo al terminar el papeleo del pedido. 
Stoughton era un anónimo punto de la ruta 24, a 30 millas al sur de Boston, un lugar dispensable hasta que llegó Ikea, y a su rebufo unos cuantos centros comerciales más, mastodónticos todos ellos. Concentrado en su recuento, Agus casi tropezó con la amable Nancy, que, cambiada de indumentaria, se dirigía presta hacia su coche, el último que quedaba en el parking. "Bye", le oyó decir. Le sorprendió la oscuridad repentina, pero, sobre todo, comprobar el desierto infinito de asfalto en que había mutado lo que pocas horas antes era un océano de vehículos.  
Agus sacó el móvil y se dispuso a abrir la aplicación de Uber. El indicativo de la batería arrojaba un escaso 3%. La pantalla parpadeaba, exhausta. Agus, raramente alterable, sintió que el corazón, casi nunca agitado, se desperezaba, como sólo hacía cuando un alumno que había fracasado estrepitosamente insistía en que su examen no era tan malo, o como cuando veía a sus hijos en la recta de llegada a meta. Las manos le sudaban. Con parsimonia aparecían en la pantalla los coches circundantes; la aplicación, el algoritmo, el ghost in the machine que se oculta en las sombras del cruce entre la oferta y la demanda, hacía sus cábalas tarifarias. "Vamos, me da igual", susurraba Agus. Finalmente apareció la oferta - que aceptó sin mirarla apenas- y su ángel de la guarda: Yusuf, en un Toyota Camry, a 4 minutos de trayecto. El corazón de Agus retomó su siesta bradicárdica.
Hacía calor aquella noche de principios de agosto, un calor húmedo multiplicado por la potencia de los grandes postes de luz que iluminaban el aparcamiento. "¿Por dónde vendrá este tío?" - se preguntaba. A lo lejos atisbó unas luces, las de un vehículo que circulaba por la calle paralela aminorando la marcha. Entonces recordó que había otra entrada. Se cargó a la espalda el saco azul y echó a correr como alma que lleva el mantero. "¡Eh, Yusuf!" El coche desapareció de su vista y al doblar la esquina le vio parado al final de la calle. "¡Yusuf!". Era bastante la distancia y Agus esprintó, como en sus mejores series de 400 entrenando la media maratón de Lisboa. La manta cayó del saco pero no era momento de pararse a recogerla. Le sonaba el móvil. Sería Yusuf. Frenó en seco, tiró la bolsa y sacó el móvil de su bolsillo. Chorreaba sudor. Un número desconocido apareció en la pantalla. Acertó con dificultad a presionar el botón de contestar y la pantalla ennegreció. El coche, a escasos 300 metros, arrancó de nuevo y se alejó irremisiblemente. 
Agus recuperó el resuello y volvió sobre sus pasos. Recogió la manta y la dobló con mimo, con la íntima estrategia mental de no confrontar una realidad implacable que en el fondo atisbaba: eran más de las 10 de la noche, no había ni un alma en muchas millas a la redonda y se encontraba en una encrucijada de carreteras de imposible tránsito. Sacó el móvil y presionó con todas sus fuerzas el botón de encendido. Sin éxito.
Agus no tardó en concluir que lo que no puede llegar a ocurrir es perfectamente posible. Se acordó de su familia, sus amigos, la tertulia de los martes y las cenas de un viernes de cada tres en El Mirador, su dulce vida pacense en la que, a diferencia de Stoughton, Massachussetts, nada puede ser imprevisible. Trató de precisar cuándo exactamente llegaron a idear la aventura de venirse un año a Brookline, el balance de razones que dio sentido a liarse esa manta a la cabeza. 
La manta... la sacó de la bolsa, junto con la esterilla y la sartén que agarró con firmeza amagando una amenaza creíble para el primero que se acercara por aquél páramo con intenciones sospechosas. Empezaba a refrescar pero la temperatura no bajaría mucho. Lástima que no se quedó con ninguno de los cojines o almohadas, ya en el trance de ser despachados a su recién alquilado apartamento. El reloj marcaba las 10:20. Miró hacia la autopista donde el tráfico aún era denso. Se podría acurrucar junto a la puerta, lejos de los focos. Algo dormiría. O no. Qué más daba. Mañana sería otro día. Cuando lo contara en Badajoz no se lo iban a creer. O si.  
"¿Y qué, qué pasó al final?" - le preguntaba yo ansioso por conocer cómo acabó todo. 
"Pues nada, me acurruqué como pude, encima de la esterilla, con la mantita en los pies y bien agarrado a mi sartén. Y me quedé frito. Hacía tiempo que no dormía tan bien, oye. Eran casi las ocho, a punto de abrir estaban, cuando me despertó una voz trémula. Entorné el ojo, con un despiste morrocotudo y un dolor de cervicales que todavía me dura; ¿y sabes quién era? No te lo vas a creer...".
"¿Quién?"
"La tal Nancy, que me miraba como el entomólogo que se encuentra una especie desconocida".
"Hombre, Agus, la verdad es que no es para menos..".
"Y nada, la Nancy, muy amable, tiró de móvil en cuanto le conté la historia y me llamó a un Uber. ¿Y sabes quién apareció?"
"¡Yusuf!"
"Los designios de Dios son inescrutables...".
"O más bien los de Uber".     

domingo, 30 de abril de 2017

NERO

Rafael Soriano, Homenaje a Nicolás de Cusa (1994)
"Mira, te voy a contar una historia" - dijo E. 

Nero es un café con pretensiones de brindar calor hogareño, el tipo de coziness que estaría ausente en el más funcional y seriado Starbucks. Hay dos en Brookline y E. y yo frecuentemente nos obsequiamos, en el que se emplaza en Longwood Avenue, con un rato de charla y capuccino después de haber dejado a los hijos en el cole, camino de nuestros respectivos destinos; el de ella, la unidad de radiología en el Beth Israel Deaconess Medical Center.  
E. vino a principios de curso con su familia desde Badajoz y sus hijos acuden al Lawrence con Matías. Han sido para nosotros como una familia de acogida, un refugio constante, un apoyo impagable. E. quintaesencia la Medicina virtuosa, esa que Abraham Verghese describe como "la del poder de la mano", la del médico que no renuncia a tocar a pesar de que hoy disponga de un arsenal de sofisticadas pruebas por imagen. Y de eso, de imágenes, PETs, MRIs, ultrasonidos y ecografías E. sabe un rato. E. pertenece a esa estirpe de médicos vocacionales capaz de tildar de "preciosa" la fisiopatología del cáncer de estomago.  
  
Nicolás de Cusa, el teólogo, jurista y astrónomo alemán, uno de los iconos del humanismo renacentista del siglo XV, reverenciaba la generosidad de Dios por haber decidido encarnarse en nosotros, humildes Homo Sapiens, situados en la jerarquía cusiana justo a continuación de los ángeles. Si De Cusa hubiera conocido a E. otra jerarquía cantaría. E., que es un ángel encarnado, cree que la muerte no es el final de nada.  "¿Y has pillado alguna vez el alma con algún contraste de esos que inyectas?" E. se ríe y contesta rápida: "No, el alma no sabe de iones". 

Volví a visitar la exposición de Soriano - el pintor cubano- en el McMullen Museum de Boston College con motivo del symposium homenaje a nuestro buen amigo el teólogo Roberto Goizueta - otro cubano que ha triunfado en el exilio, aunque la herida de la Habana perdida de su infancia no ha dejado de sangrarle. Me recreé en esa sala en la que cuelgan, según Matías, "radiografías de fantasmas", lo cual me sigue pareciendo una tierna imposibilidad metafísica. O tal vez tenga yo mal entendida la ontología de los espíritus. 

E. me escucha ausente.  

"¿Qué historia es esa?" pregunté intrigado.
"He empezado a leer la novela Patria y me he acordado de un paciente que tuve, al poco de llegar yo al servicio. Me avisó el gerente del hospital por la mañana. No era la primera vez que atendía a un interno de la cárcel de Badajoz, pero este, me dijo, era "especial". Llegó en un furgón de la guardia civil, con un despliegue inusual. Iba esposado y me costó que los guardias le quitaran los grilletes. Tampoco me querían dejar a solas con él, pero yo me puse firme. En ese momento no sabía quién era, luego sí. Y no te lo pierdas, de Badajoz, un emigrante extremeño, aunque se euskaldunizó el nombre de pila. Cumplía condena por cuatro asesinatos. No de su mano. Era un delator que informaba de los policías que frecuentaban el bar donde trabajaba. Tenía un niño de año y medio cuando lo detuvieron. Llevaba más de diez años en la cárcel. Venía muertito de miedo, arrastrándose por los pasillos, con la cara de los milanos que hay en mi pueblo. "Me duelen mis partes", me dijo a media voz. Y ahí me tienes, examinándole  sus partes y pensando en si no había hecho yo mal sacando a los guardias. Yo muy seria, pero removida por dentro. Muchas veces venían con síntomas inventados, para salir un rato de la prisión, a veces las lesiones sí eran serias. De vez en cuando el guardia civil abría la puerta, me preguntaba: "todo bien doctora". No palpaba nada, pero no dejaba de pensar... de pensar mal... darle un sustito aunque fuera... un leve sonido, cambiar mi semblante como si hubiera detectado algo... "Yo no noto nada extraño, pero para mayor seguridad habría que hacerle una ecografía". "¿Tendré cáncer"?, me preguntó. Entonces le miré a los ojos, por primera vez. Algún brillo había, un angustia cierta. Y me dio hasta pena, te lo confieso, no de él ni por él, ni concretamente por sus víctimas, o los familiares de éstas, sino, no sé, como una pena universal. Se lo llevaron y nunca más supe de él".

La mirada de E. volvió a ausentarse. Aún sin haber retornado, me dijo con parsimonia: "Qué, ¿vamos al tajo?" 

"Va-mos", dije al ralentí. 

domingo, 23 de abril de 2017

HUG

Boston Marathon (Newton, Mass.) 17 de abril de 2017
"Llevamos diez años apostadas en la transición entre la Heartbreak Hill y la entrada en el campus de BC. Sí, hemos visto de todo. Y sentido: el sudor, las lagrimas, los escalofríos. Y olido también, ja, ja. Y hemos oído de todo. Sí, oyó bien: oído. Nancy y yo somos como las confesoras de la milla 22. Yo creo que hemos confesado a más gente que todos los jesuitas de BC juntos. Ja, Ja. Pensé que no me volvería a molestar el gemelo, qué rabia; me acuerdo todavía de su sonrisa, lo hago por él; si no fuera por esta maldita prótesis en los dedos de los pies; qué locura, qué locura; la gente es increíble; me espera mi hija en la meta; de repente tengo frío; hambre, tengo hambre, más que sed; sed, hambre no; cuando pille a Tom, joder; me llamo Juan Ma; te quiero, perdona que te lo diga; hace 2 años pesaba 200 libras; soy de Seattle, ¿lo conoce?; mi móvil es fácil; no me puedo agachar el cordón... digo ahorcar el corcho, el chocho...; la hostia en bote; la hostia en verso; perdona que me exprese así; sois bellas por dentro y por fuera; con Trump nos hundimos todos; ¿no te acuerdas de mí?"

La absolución también es gratis y está garantizada. Cosas de la maratón.   

domingo, 16 de abril de 2017

CONTEXTO

Henryk Ross
Hay un algo de misterio en la resignada mirada de este niño; una fibra de sosiego, de sabiduría incluso, de la que sólo da la madurez por lo ya vivido. Y sin embargo, parece tan niño. ¿Dónde va? Carga enseres rústicos, una bolsa apretada donde se debió introducir todo lo que pudo caber. Pregunto a Matías y sin más cree que se trata de "un montón de niños sufriendo". Lo dice por la cara de quien se atisba al fondo, un joven con el gesto contrariado. Matías ha transcendido enseguida ese gesto inquisitivo del primer plano. ¿A dónde voy? parece querer preguntar a la cámara. 
Marguerite (Henri Matisse, 1906-1907)
"Está mal pintada" - advirtió Matías nada más ver el cuadro de Marguerite, uno de los muchos que componen la exposición "Matisse in the Studio" ("Matisse en el estudio") que acaban de inaugurar en el MFA de Boston y que visitamos el sábado aprovechando la visita de Ana. "El ojo está mal, y no parece que tenga 12 años. Parece que tiene 30 o más. Yo la hubiera pintado mejor" - sentenció. La exposición sitúa las las obras de Matisse en el contexto de sus influencias más directas - telas, objetos, máscaras africanas- muchos de los cuales se abigarraban en su estudio.  
Marguerite, la mal pintada, fue el fruto de la relación que tuvo Matisse con una de sus  modelos (Caroline Joblau) aunque luego fue criada por la primera mujer de Matisse, Amélie. Marguerite aparece frecuentemente retratada por su padre con ese discreto pañuelo al cuello, que usaría seguramente para disimular la traqueotomía a la que tuvieron que someterla de urgencia por una difteria que padeció en su infancia y de la que se salvó de milagro. 
Durante la comida con Jack y Christine ponderamos la oportunidad de exhibir la obra y su "contexto de descubrimiento" que gustan decir los filósofos de la ciencia, es decir, el monto de circunstancias que hicieron posible el hallazgo o la creación, y permiten explicarla, y, eventualmente, valorarla. "Pero claro, el primer contexto de valoración es el museo mismo, el rito, la parafernalia de la cartela, la audio-guía... el nombre del artista y su condición de parte del canon" - recordaba Ana. Jack asentía, y evocábamos el experimento del violinista consagrado en el metro de Washington, el urinario de Duchamp... "A ver quién es el guapo - añadía yo- que se planta delante de la Gioconda y tiene los arrestos de poner un pero...". "Bueno, no está mal" - apuntó Matías tras ver una foto del cuadro en el móvil. "Mejor que la Margarita esa sí está". 
El contexto ayuda...    
Henryk Ross (circa 1943)
Ese brazalete ya nos dice mucho (a poco que sepamos algo más de nuestra  historia reciente que el desalmado portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer). Matías no iba desencaminado. 
Henryk Ross fue el fotógrafo oficial del departamento de estadística en el gueto de Lodz (Polonia) desde 1940 a 1944. Aprovechando esa circunstancia, tomó, de manera clandestina, miles de fotografías en las que se documenta la terrible cotidianeidad de los judíos allí confinados y su posterior deportación hacia los campos de Chelmno y Auschwitz. Ross, que también fue deportado, decidió ocultar en la tierra helada sus negativos anticipando la importancia que para las futuras generaciones tendría ese testimonio gráfico sobre la tragedia que se avecinaba. Tras ser liberado pudo recuperar de su escondite, si bien en muy mal estado, esos negativos. Coincidiendo con la exposición de Matisse, el MFA exhibe también esas fotografías restauradas en una muestra titulada "Memory Unearthed" ("La memoria desenterrada"). Sólo hace falta subir una planta y respirar hondo. 
En los años en los que Ross se afanaba por testimoniar la tragedia, Matisse vivió en su contexto, en su estudio de la no-ocupada Niza. Aún pudo exponer gracias a su condición de no judío, cosa que todos los artistas franceses tuvieron que acreditar bajo juramento para que su obra pudiera mostrarse.
Marguerite, la mal pintada, unida a la Resistencia fue detenida y torturada por la Gestapo en la prisión de Rennes. Deportada al campo de concentración de Ravensbrück consiguió increíblemente huir del tren y sobrevivir hasta el final de la guerra. Murió en 1982 con 87 años.
No puedo dejar de pensar en esa mirada, mitad confiada, mitad escéptica, con un hebra de complicidad, de elegante coquetería incluso, que Ross captó. No puedo dejar de pensar en el arrojo de Ross, en la fortuna de que la tierra, la nieve, el hielo - el contexto, de nuevo- fueran un nido propicio para la supervivencia del legado: que esa mirada traspase el tiempo para llegar a nosotros, y que nos siga interpelando, ahora y en el futuro: ¿por qué? 
Y no puedo dejar de pensar cuáles serían finalmente las vicisitudes de ese chaval, aunque, dado el contexto...    


domingo, 9 de abril de 2017

IVG

La primera vez que anduvimos por aquí, allá en el año 2011, trabamos amistad con una familia española de Murcia cuyos tres hijos acudían al mismo colegio que Matías: St. Mary's of the Assumption, un colegio que podemos describir como católico-liberal. Demasiado liberal para María L. (nombre ficticio) la madre de esta familia murciana, una mujer profundamente religiosa y profundamente buena. En aquellos días vivía con mucha angustia el hecho de que su hija pequeña, de 6 años (digamos Elenita), se había hecho íntima amiga de una niña que tenía "dos madres". "Pero no una en la Tierra y otra en el cielo, mamá" - reafirmaba Elenita con encantadora confusión- sino "dos madres de carne y hueso". "Y claro" - nos confesaba un día María L. a la salida del cole- "yo lo que no acabo de entender es que un colegio católico admita estas familias nuevas". La zozobra tornó en espanto el día en que la amiguita de Elena la invitó a su casa por su cumpleaños. "Yo he llamado a mi hermana y ya le he avisado de que se vaya preparando que esto va a llegar a Murcia". 
Buena parte de la semana he estado encerrado asistiendo a las jornadas "The Ethics of Making Babies" organizadas por el Center. El seminario ha contado con una equilibrada presencia de investigadores punteros en reproducción humana asistida - ginecólogos, obstetras, biólogos moleculares- y también de juristas, filósofos, antropólogos, economistas. Hasta una baronesa nos ha dignado con su presencia, la célebre Ruth Deech, que durante años fue la Presidenta de la Autoridad Británica en esta materia, la todopoderosa HFEA (Human Fertilisation and Embriology Authority). Y un público numeroso y activo. 
Desde que la humanidad ha dejado de concebir la procreación como un evento- algo que nos pasa- y la asume como una actividad - algo que hacemos- tener hijos es un asunto moralmente muy relevante y problemático Más todavía con la aparición de las técnicas de reproducción humana asistida o TRHA (básicamente la inseminación artificial y la fecundación in vitro). Pero la cosa viene de lejos: mucho antes del nacimiento de Louise Brown (1978), antes de que la reproducción artificial se hubiera instalado en nuestras vidas, muchos asuntos clínicos vinculados a la fertilidad humana generaban enormes quebraderos de conciencia. ¿Cómo obtener una muestra de semen para probar la infertilidad masculina si la actividad sexual sólo puede estar dirigida a la procreación, como dicen varias Encíclicas papales? El célebre ginecólogo católico Dr. Botella Llusiá - sí, el tío de Ana Botella- dio para ello con un ingenioso "truquillo". Lo denominó "coito condomatoso" y consistía en que la pareja - casada, por supuesto- tendría una relación sexual coital con un preservativo al que previamente se le habrían hecho unos orificios. De esa forma no se impedía absolutamente la posibilidad procreativa, y, al tiempo, se conseguirían algunos "restos" para el análisis. Pringosillo el apaño, vive Dios. También los musulmanes viven dilemas trágicos si quieren seguir las enseñanzas de su profeta, y los judíos otro tanto, aunque Israel es la meca de la reproducción artificial. Dada la presión demográfica interna y externa de los que no ven con buenos ojos su existencia, les va la vida en ello.   
Desde finales de la década de los 70 mucho ha llovido, las técnicas han mejorado y las posibilidades han aumentado en buena medida porque la Biología Molecular y la Genética han evolucionado espectacularmente: la criopreservación de gametos se ha refinado, el análisis genético preimplantacional permite evitar el nacimiento de niños con enfermedades terribles y también la procreación salvadora - la generación de un individuo con cuyo cordón umbilical o médula se podrá curar a un hermano que padece de ciertas patologías muy graves. 
Muchos de los debates nos son muy cercanos: la gestación por sustitución, el anonimato de los donantes, la comercialización de los gametos, y cómo todo ello impacta radicalmente sobre el derecho de familia; otras discusiones son más idiosincrásicas de Estados Unidos, país en el que la regulación sobre esta materia es casi inexistente, amén de enormemente dispersa dada su realidad federal, y donde la reproducción asistida es, fundamentalmente, un fabuloso mercado en el que se mueven ingentes cantidades de dinero y se generan perversos incentivos para inflar todo tipo de demandas. Hay una agresividad comercial inusitada - a base, por ejemplo, de "frozen eggs parties" donde se intenta captar a jóvenes veinteañeras para convencerlas de que congelen sus óvulos y "ganen tiempo" - y una conveniente exageración en la prevalencia y alcance de algunos trastornos (por lo demás muy discutidos en la comunidad científica) para comprar todo tipo de servicios relacionados con la (in)fertilidad. 
Lo más interesante llegó de la mano de los nuevos horizontes que se atisban: el trasplante de útero (una muy costosa y complejísima técnica quirúrgica que lidera un equipo sueco de la Universidad de Gotemburgo); la técnica de edición genómica conocida como CRISPR-CAS9, una herramienta sofisticada con la que se puede muy eficazmente "cortar y reparar" las secuencias defectuosas o mutaciones del ADN de un individuo y librarle así de una alteración genética grave (el precio es que con eso se modifica la línea germinal, es decir, esa reparación será heredada); la fecundación in vitro con transferencia de ADN mitocondrial, el modo con el que logramos tener hijos sin que la madre transmita una enfermedad mitocondrial (pero que implica la existencia de una doble maternidad genética, y, si hubiera además una madre de gestación, que 3 mujeres, ¿madres?, hayan intervenido en la reproducción); y, al fin, la gametogénesis in vitro (IVG), esto es, la posibilidad de re-programar células adultas - de la piel, por ejemplo- para, una vez en la fase de totipotencialidad transformarlas en células sexuales, es decir, gametos masculinos (esperma) o femeninos (óvulos).
El IVG ocupó buena parte de la ponencia de Hank Greely, un destacado profesor de la Universidad de Stanford que acaba de publicar un libro analizando estas derivas con el provocador, e inquietante, título de "The end of sex". No, no se trata, nos tranquilizó enseguida, de que vayamos a dejar de disfrutar de los placeres de la carne, sino de que en una, dos generaciones a lo sumo, el sexo va a dejar de ser el instrumento por excelencia para la procreación. Nos reproduciremos, nos aleccionaba Greely, mediante IVG y ello conllevará que los niños nazcan siendo genéticamente hijos de parejas que yo no tendrán que recurrir a los óvulos o el esperma de donantes, pero también que será posible que nazcamos de un único individuo que, en un colosal ejercicio de "onanismo cutáneo", quiera disponer de un óvulo y un espermatozoide fabricados con sus propias células. 
Siendo aquél un auditorio repleto de académicos - los seres más egocéntricos el planeta, como seguramente saben- más de uno y una, presos de la emoción, abrían la boca y los ojos como platos pensando en su criatura, no clónica pero sí únicamente "suya". Otros pensábamos, más bien, en que aunque esto ya no nos toca, nuestros nietos o bisnietos ya no serán seguramente más el fruto "de un empate del Atleti fuera de casa", como dijo celebremente el Dr. Cabeza, aquel excéntrico presidente del Atlético de Madrid, refiriéndose a la llegada de su hija más pequeña, muchos años después de haber tenido al anterior vástago. En fin, que como advirtiera María L., prepárense que todo esto va a llegar a Murcia.

Pd. Las jornadas concluyeron el viernes por la tarde, justo cuando llegaba Ana que nos visita esta semana. Fue ella la que recogió a Matías del cole. Por allí andaba también, en el barullo, Tom el niño al que Matías descubrió la brisca, que había empezado esta semana en este cole, y, más despistada, aún una dulce y apacible anciana a quien Ana no dudó en dirigirse: "¿Apuesto a que es usted Elizabeth?". "Apuesto  a que es usted una adivina española..."- respondió ella con fuerte acento germánico. Pensé que les interesaría saberlo ;-).     

domingo, 2 de abril de 2017

ELIZABETH

Riverway, Brookline
"¿Cuántos personas en el mundo estarán yendo en este momento a una piscina?" - pregunta Matías. 
"Pues, no sé, un montón"- respondo.  
"¿Y que sean padre e hijo?"
"Menos, pero también muchas".
"¿Y que sean de Madrid? ¿Y de la calle Jorge Juan? Eh, papá, eso ni de coña".
Como en el chiste de los búhos del genial Eugenio - ¿recuerdan?: ¿papá has dicho culo?- Matías puede prolongar ad infinitum la conjetura y después ponerme a prueba - aunque la hipótesis nunca es realmente falsada- con un escenario aún más improbable. Últimamente, vaya usted a saber por qué, le intrigan las casualidades inverosímiles; especular sobre coincidencias, conocer las serendipias que condujeron a descubrimientos cruciales. Y también los goles de chiripa. Lo imprevisto, vaya. 
Los sábados acostumbramos a ir al Evelyn Kirrane Aquatic Center - la primera piscina cubierta pública que se abrió en el país- y después, si hace malo, pasamos la tarde en la estupenda biblioteca pública de Brookline que dispone de espaciosas salas y de un sótano especialmente dedicado a los niños donde además de leer pueden, con moderación anglosajona, jugar y desfogarse. Hoy la temperatura es baja y cae un aguanieve (sleet lo llaman aquí) a rachas que nos congrega allí a muchos vecinos del barrio. 
La tarde discurre plácida, y, en un descanso de mi lectura, me acerco a los dominios infantiles donde descubro a Matías jugando a las cartas con un niño desconocido y una señora mayor de aspecto muy dulce que presumo ha de ser su abuela. Se dirige a mi en un castellano correcto, con fuerte acento germánico.
"Hola, me llamo Elizabeth. Estamos jugando a la brisca. Su hijo le ha enseñado muy bien a Tom". 
"Hola, habla usted español... Y ha aprendido a jugar también, por lo que veo". 
"No, yo ya sabía. Me enseñó Paco". Elizabeth me miraba de soslayo, tratando de no perder de vista el transcurrir de la partida. "Mucho gusto"- dijo tendiéndome la mano.
"¿Y quién es Paco?"
"Oh, era mi marido. Un gallego muy guapo". 
"¿Pero usted de dónde es, Elizabeth?"- le pregunté mientras me arrimaba una silla. 
"Yo soy alemana, de Lübeck. Paco de Betanzos". 
"Anda, yo conozco Lübeck, una ciudad medieval, muy bonita".
"¡Qué casualidad! ¿De verdad ha estado allí?"
"Sí, sí... ¿y dónde conoció a Paco?"
"En un hotel en Londres". 
"¿Estaban de turismo?"
"No, no... " - Elizabeth se reía estruendosamente. "Yo hacía camas y él trabajaba de camarero. Era guapísimo"- sus ojos marinos chisporroteaban. "Nos casamos a los 4 meses de conocernos. Yo tenía 19 y el 21. Su familia no quería... Porque era extranjera, alemana..."
"¿Y su familia, qué decía?"
"No, mi madre no vino tampoco, y mi padre... a mi padre lo habían matado". 
"¿En la guerra?"
"No, los nazis. No quiso ir al Ejército porque era Testigo de Jehová. Lo mataron en el campo de Sachsenhausen, en el 40, yo tenía once años. Como Tom ahora. ¿Y Matías?"
"No, él tiene 9, cumple pronto 10. Lo siento mucho... ¡Pero está usted estupenda para tener 88 años! ¿Tom es su nieto?"
"No, no. Es de Honduras. Su papá es un vecino que está trabajando esta tarde. Conduce un coche Uber. Yo le cuido muchas tardes... La mamá se queda con la bebé. Luego Paco y yo nos vinimos a Nueva York a trabajar, en el 54. También en un hotel. Y la recepcionista le miraba mucho a Paco, y le hacía bromas. Él era ya maître e iba tan elegante... Ya teníamos a Sara nuestra primera hija. Ella vive en Seattle. Y yo le dije a Paco que si me engañaba con aquella recepcionista lo mataba"- las risas atrajeron esta vez a la bibliotecaria que nos miró con reprobación. 
"Y no lo mató, Elizabeth". 
"No, Paco lo pensó bien" - dijo riendo de nuevo con ganas. "Son muy estrictos aquí, parecen alemanes...".
Nos despedimos con una calidez extraña, casi entrañablemente, deseando volver a coincidir nuevamente en la biblioteca o en la piscina a la que también acuden los fines de semana. "Yo fui muy buena nadadora" - me insistía mientras se montaba en un todoterreno mastodóntico. "Y veo que sigue conduciendo". "Sí, me enseñó Paco. Le encantaban los coches. Y las mujeres" - gritó desde la ventanilla. Atisbé su carcajada mientras iniciábamos nuestra vuelta a casa. "Qué abuela tan maja, y no veas cómo juega a la brisca, y a las tres en raya. Es la caña" - apostilló Matías. 
El lunes, camino el cole, había follón en el cruce de Longwood con el puente del Riverway, camino de los hospitales. La gente se concentraba mirando hacia las vías del T. Una cinta impedía el acceso a las escaleras por las que se baja al riachuelo. A lo lejos resplandecían las sirenas. Oímos comentar a una mujer que había escuchado que se había tirado una señora mayor al paso del tren. Matías me agarró de la mano, con firmeza, y me miró fijamente. 
"Ni de coña".

domingo, 26 de marzo de 2017

Cooper


Hola, buenas, soy Cooper. Yo ya comparecí por aquí hará ahora cinco años, junto con mis compañeros de la biblio, sí, los de la foto de la izquierda (Stacey, la víbora, Joshua el rata, y, en fin, no sigo que me caliento y gruño...). Soy el perro sanador y no estoy "missing" como dice ahí mi jefa, la pérfida Loise, sino más bien "missing in action" junto con otros compañeros y compañeras tratando de acabar de una vez por toda con la casta que nos explota y mangonea. Les cuento. 
La cosa ya lleva tiempo mu malita para los compañeros y compañeras del gremio de los healing
Cuando yo empecé en esto el curro era una gozada. Para empezar había pocos chalaos (bueno, PTSD o ADD o como demonios se diga ahora) y salías, más-menos, a 8 Whiskas la hora. Eso y caseta, o alfombra, con pelotita o hueso de plástico, aparte, claro. Una gozada. Pero en estas que empiezan a llegar, vaya usted a saber cómo, los perritos mexicanos: unos chihuahuas asquerosos, esmirriaos, que ni conocen nuestra cultura, los modales, y ni puta idea tienen de cómo tratar un niño autista, una bulimia, lo que sea. Y ya de las 8 whiskas pues pasamos a 5 y sin chistar, que abro la puerta y tengo una cola de tíos meneando la ídem dispuestos a lo que sea. Y si éramos pocos parió la abuela. Aparecen las llamas sanadoras, y luego los cerditos, los ponis y hasta las cobras, sí, ha oído bien, las cobras enrolladas al cuello que detectan cuándo le va a dar una crisis al gachó. Pero ¡cómo no le va a dar! A él y a todo el que le toque al lado en el cine. 
¿Y quién tiene la culpa de este caos? Pues una trama de psicólogos y psiquiatras corruptos aliados con las oligarquías equinas, ofídicas y suídicas. ¿Pero cómo se va a comparar la sanación de un perro lanoso y juguetón con el torpe cerdo que hoza, o la serpiente siempre tentada de estrangular o el poni, animal melancólico que sólo de verle siempre mustio, con la cabeza gacha, te dan ganas de tirarte por el viaducto? Y la llama peruana escupiendo por todas partes...
Denunciamos con todas nuestras fuerzas este salvaje intrusismo que, además, ha ido acompañado de una rebaja en nuestra categoría profesional (hemos pasado a ser "emotional support animals")  y recortes sin fin en complementos de todo tipo. 
Y si este cuadro no era suficientemente dantesco, aparecen ahora DogB&B, Guauber y no sé cuántas plataformas diabólicas más de estas que nos van a mandar a todos al parque a olisquear basura entre los restos del botellón. ¿Ah, que no los conocen? Otros intrusos sin formación, ni licencia ni credenciales. Nada. Se creen estos animales que pueden ellos en sus ratos libres, así, hala, dar un servicio de sanación que sea digno de tal nombre. Y ya estamos a 3 Whiskas y todo por autónomos y metiendo horas de regazo, y dame la manita, y saltitos a por la piedrita, y lametones que tiene uno ya la lengua más seca que un chicle en los Monegros. 
Así pués, se acabaron las bromas. Nos hemos constituido en círculo de Belmont y aquí andamos pergeñando una revolución sin precedentes. Tiembla Eloise!! Guauuuuuuu 

domingo, 19 de marzo de 2017

AUDITION

Beacon Street, Brookline
















Ustedes, la mayoría de ustedes que siguen con inusitada fidelidad esta modesta bitácora, han tenido su autobús de la discrepancia y el desasosiego; ese que al albur de la multa muta su proclama (hasta llegar a un pulcrísimo y más que científico: "los niños probablemente tienen pene y las niñas probablemente tienen vulva") y que a muchos evoca - pero en sentido inverso, supongo- el célebre fantasma que recorría Europa al decir de Marx y Engels. Nosotros en el barrio tenemos, ya ven, la bicicleta "no-muy-partidaria" (que diría mi añorado suegro). Me topo con ella, siempre con su mensaje inmaculado (otro gallo cantaría si estuviera aparcada en una calle de Richmond, Virginia, por un poner) cuando voy camino del delicioso Café Tatte, donde esta semana tuve el gusto de reencontrame con Ray Green y Richard Powers, a los que sin temor a exagerar creo que se puede describir como "dos perfectos caballeros", como lo fue mi suegro, por cierto. Y no sé porqué me he acordado hoy de él, y también de mi padre. Será porque es el día del ídem (aunque aquí no se celebra hasta junio), y es domingo, y ya se sabe que la nostalgia campea los domingos.    

La semana, por lo demás, tuvo como epicentro la audition que hacía Matías para conseguir un papel en el musical "Mary Poppins" que representarán en el colegio a final de curso. La verdad es que yo me lo he tomado como la madre de artista que llevo dentro (con perdón), es decir, como si Matías hubiera transmutado en Leroy Johnson y fuera a jugarse su futuro con el eventual ingreso en la academia de "Fama". Hasta hemos grabado y todo el número con el que presentó sus credenciales: una versión abolerada de la tonadilla "City of Stars" de la película "La, La, Land". 
A mí, ya puestos, me gustaría que le dieran el papel de la propia Mary Poppins, pero parece que no puede ser. Supondría un caso flagrante de "ilegítima apropiación", un poco como pasa en España cuando escogen al concejal de urbanismo - blanco- lo tiznan, y, hala, a subirse al camello haciendo de Baltasar. No, tenemos subsaharianos a porrillo, se alega. Y ya saben que en esto de la cultural appropriation se censura también a quienes fabulan historias de desheredados de lejanísimas latitudes desde sus occidentales y privilegiados escritorios, y, de paso, pues resulta que venden un montón de libros. Con la representación de Mary Poppins, se me dice, ocurre algo semejante. Pero yo rebato - todo siempre para mis adentros- y digo (también para mis entretelas, que esto viene siendo todo ello muy delicado): pero si las niñas que han hecho la audition tienen los ojos rasgados. Sinceramente - prosigo yo en mi arrebato- no dan el pego de una excéntrica nanny inglesa. Que me perdonen pero serán "la filipina" (y ya esto me lo he dicho tan adentro que apenas me he oído). 
¿Y una Mary Poppins chico, o probablemente chico, como mi Matías? ¿No sería genial en este progresista Brookline una subversión como la que acostumbra a practicar Blanca Portillo? ¿Y todas las implicaciones de género que conllevaría esa inversión de papeles, el cuidador ahora es él y el deshollinador es ella, o probablemente ella, y además asiática, con lo que de paso rompemos el estereotipo que acompaña a estas criaturas de estar especialmente dotadas para darle al coco, pero no para los deportes, y no digamos ya para la limpieza de chimeneas? Parece que no cuela aunque no desisto. 

Conocimos también hoy la nueva oferta de "Special Activities", las extraescolares, vaya, para el tramo final del curso, que tienen de "special", sobre todo, el precio. A Matías le entusiasma una, pero... Bueno yo les transcribo la descripción y una particular traducción por si hiciera falta (de nada) y ustedes mismos juzgan: 

"Girls Math Blast! (¡Juerga de matemáticas para niñas!)
Sharon Kiernan, a popular 3rd grade teacher, is offering a new class - especially for girls! (Sharon Kiernan, una maestra muy popular de tercer grado, ofrece una nueva clase, ¡especialmente para niñas!).
In this entertaining class, students will brush up on their math skills using real world concepts and playing creative games. Projects will include designing houses using area and perimeter, planning events using time and money skills, exploring the relationship between art and math, as well as practicing math facts in new and engaging ways (En esta entretenida clase, los estudiantes refrescarán sus destrezas matemáticas usando conceptos de la vida real y juegos creativos. Los proyectos incluirán el diseño de casas usando áreas y perímetros, planificar eventos manejando el tiempo y el dinero, explorar las relaciones entre arte y matemáticas, así como la puesta en práctica de los hechos matemáticos de modos nuevos y atractivos)". 

"Eso, apúntame a eso, papá". Claro, pensé yo, este ha oído "juerga y niñas" y para qué queremos más. "Es una clase de matemáticas para niñas". "Ya, pero es divertida, ¿no? ¿de juerga?" - insistía mi Leroy. 
Esto de la juerga matemática no deja de tener su aire oximorónico y lo de matemáticas de niñas pues también da su "qué pensar". A principios de los 90 una conocida pedagoga (Peggy McIntosh) teorizó precisamente en este distrito escolar sobre cómo las niñas - y también los africanoamericanos- tenían un pensamiento más "lateral" frente al pensamiento masculino más "vertical", y todo ello, según McIntosh, debería promover cambios curriculares significativos para lograr una mayor inclusión de las niñas en áreas como las matemáticas, donde estarían postergadas por no atender a su "lateralidad cognitiva" (lateralidad a la que debe ayudar servirse de la "planificación de eventos" como aplicación y ejemplificación de las matemáticas lo cual no sé si es finalmente hacer un pan como unas tortas). Imagino que de aquellos polvos vienen estos lodos. Por otro lado, el Nobel de las Matemáticas (la medalla Fields) de este año se lo han dado a la iraní Maryan Mirzakhani. Las juergas matemáticas que habrán de correrse las niñas en Irán y nosotros sin enterarnos...  
¿Y si le digo a la tal Sharon, la profe popular, que Matías es una niña muy, muy, muy, muy probablemente con pene?, rumiaba yo.
"¡Pues me visto como Tootsie!" - insistía Matías.
O como Mary Poppins- pensé. Ya puestos...
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